The Nuevo Herald on Autumn Casey’s “AGALMA”

Autumn_Showtime

Words by Dennys Matos

Hay ciertas prácticas artísticas contemporáneas cuyo discurso recurre al mundo de la intimidad de manera retroactiva. En otras palabras, se trata de urgar en la infancia, en la adolescencia para buscar imágenes y objetos del pasado con un valor sentimental y afectivo para, en el presente, reencontrar las emociones y sentimientos perdidos.

Autumn Casey: Agalma, es un ejemplo de lo anterior. La artista presenta en esta muestra esculturas, instalaciones, pinturas, fotografía y vídeo. Formas diversas y coloridas colocadas en la pared, el suelo o suspendidas y que dan la sensación de un bazar. Bazar cuyas piezas han sido intervenidas a través de imágenes que denotan la educación sentimental inscrita, la mayoría de las veces, en los objetos mismos. Lámparas, juguetes, fotos, cuchillos, cucharas, sillas, alfombras, marcos de cuadros, paraguas, butacas. Una acumulación de recuerdos con un halo nostálgico; la vida en familia cifrada a través de imágenes, artefactos y también de sonidos. Casey reconstruye al modo de Frédéric, héroe de la novela La educación sentimental (1868) de Gustave Flaubert, una narración en clave de autobiografía intelectual. En esta exposición, como observara Lukács a propósito de Flaubert, la vida cobra un sentido a través de la subjetividad porque coloca al destino en el centro del problema del ser humano.

Ghost Ride My Mind, es una escultura objetual, formada por coches de juguetes, una cabeza de muñeco, un libro, una lata de soda. Elementos iconográficos que la autora asocia a recuerdos y pensamientos de su infancia y adolescencia. Dispuestos todos para reflexionar, precisamente, sobre el sentido que tienen los recuerdos cuando se mira al pasado. Y este perfil de ‘bazar’ íntimo y anacrónico del recuerdo es el que tienen también obras como la instalación MetamorphousShowtime, entre otras.

Elysian Fields es, desde luego, la mejor pieza de la muestra. Consiste en el vídeo de una anciana que canta, pero su voz está doblada por un intérprete famoso de su juventud, muy reconocible: Frank Sinatra. La anciana canta, ríe, se mueve y con ella, la cámara que le filma dentro de una explanada verde con un fondo de árboles. La luz del atardecer es ténue y dorada, como desgastada por el filtro elegido, y la anciana se mueve y baila con sus brazos. Se mueve torpemente pero con gracia, entrañablemente, como una niña. Se trata de un rostro feliz, aunque conmovedor y extraño. Esta anciana es, en la realidad, la abuela de Casey y está enferma de Alzheimer y su memoria seriamente dañada. Sin embargo, en un momento del vídeo con sonido ambiental se le escucha cantar las canciones que, al comienzo de la proyección, el espectador sólo le veía vocalizar porque el sonido era el de las canciones originales. Las había estado cantado todas. Hay una escena emocionante y sobrecogedora cuando la anciana se abraza a Casey.

Algama –el título de la exposición– remite a un vocablo del griego antiguo que significa, además de vehículo para hacer ofrendas a los dioses, convocar una especie de redención. Y redención, en el sentido más primario, es la liberación de un dolor. Hay de todo ello en el discurso de esta muestra: una apuesta por articular una visión del pasado, no tanto ya sobre las imágenes sino sobre los objetos. Tal pareciera que el recuerdo sobre la intimidad codificado en imágenes se contaminase con las imágenes que emplea la cultura para recordar, y que una memoria de nuestros sentimientos y afectos sólo fuera posible a través de los objetos que hemos visto, de los fragmentos que hemos tocado y poseído. Una experiencia material donde encontrar un asidero que, aunque anclado la subjetividad del pasado, pareciera interrogar por el destino de nuestro futuro. •

 

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